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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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II Trimestre de 2008 
Jesús es maravilloso 

Notas de Elena G. de White 

Lección 9 

17 al 31 de Mayo de 2008 

La ternura de su amor 


Sábado 24 de mayo 

¡Qué benevolencia, qué compasión, qué simpatía más tierna manifestó Jesús hacia la 
humanidad sufriente! El corazón que palpita al unísono con el gran corazón del amor in- 
finito manifestará simpatía hacia cada alma necesitada, y hará evidente el hecho de 
que posee la mente de Cristo... Cada alma que sufre tendrá derecho a esperar la sim- 
patía de los demás, y los que estén imbuidos del amor de Cristo, llenos de su piedad, 
ternura y compasión, responderán ante cada necesidad de simpatía... Cada alma que 
trata de retroceder por el camino de sus extravíos y regresar a Dios, necesita la ayuda 
de los que poseen un corazón tierno y misericordioso y un amor semejante al de Cristo 
(Exaltad a Jesús, p. 200). 

Muchos nos espaciamos en la grandeza de la vida de Cristo. Hablamos de las grandes 
cosas que realizó, de los milagros que obró, de cómo calmó las olas tempestuosas, de- 
volvió la vista a los ciegos y el oído a los sordos, y resucitó a los muertos. Pero su 
atención hacia las cosas pequeñas es una prueba todavía mayor de su grandeza. Oídlo 
hablar con Marta cuando ella le pide que ruegue a su hermana que le ayude a servir. 
Le dice que no deje que los cuidados de la casa perturben la paz de su alma: "Marta, 
Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y 
María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada" (Lucas 1 0:41 , 42). 

Escuchad las palabras que habló a las madres fatigadas que le llevaron sus hijos para 
que los bendijera. Los discípulos, deseosos de que su Maestro no fuera molestado, las 
querían echar, pero Jesús dijo: "Dejad a los niños venir a mí" (Marcos 1 0:1 4). Y tomán- 
dolos en sus brazos, los bendecía [En lugares celestiales, p. 63). 


Domingo 25 de mayo 

Por la mujer sorprendida en adulterio 

La mujer había estado temblando de miedo delante de Jesús. Sus palabras: "El que de 
vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero", habían sido para ella 
como una sentencia de muerte. No se atrevía a alzar sus ojos al rostro del Salvador, si- 
no que esperaba silenciosamente su suerte. Con asombro vio a sus acusadores apar- 
tarse mudos y confundidos; luego cayeron en sus oídos estas palabras de esperanza: 
"Ni yo te condeno: vete; y no peques más". Su corazón se enterneció, confesando sus 
pecados con amargas lágrimas. 


Estos fue para ella el principio de una nueva vida, una vida de pureza y paz, consagra- 
da al servicio de Dios. Al levantar a esta alma caída, Jesús hizo un milagro mayor que 
al sanar la más grave enfermedad física. Curó la enfermedad espiritual que es para 
muerte eterna. Esa mujer penitente llegó a ser uno de sus discípulos más fervientes. 
Con amor y devoción abnegados, retribuyó su misericordia perdonadora. 

En su acto de perdonar a esta mujer y estimularla a vivir una vida mejor, el carácter de 
Jesús resplandece con la belleza de la justicia perfecta. Aunque no toleró el pecado ni 
redujo el sentimiento de culpabilidad, no trató de condenar sino de salvar. El mundo 
tenía para esta mujer pecadora solamente desprecio y escarnio; pero Jesús le dirigió 
palabras de consuelo y esperanza. El Ser sin pecado se compadece de las debilidades 
de la pecadora, y le tiende una mano ayudadora. Mientras los fariseos hipócritas la de- 
nunciaban, Jesús le ordena: "Vete, y no peques más". 

No es seguidor de Cristo el que, desviando la mirada, se aparta de los que yerran, 
dejándolo proseguir sin estorbos su camino descendente... El amor cristiano es lento en 
censurar, presta para discernir el arrepentimiento, listo para perdonar, para estimular, 
para afirmar al errante en la senda de la santidad, para corroborar sus pies en ella 
(Testimonios sobre conducta sexual, adulterio y divorcio, pp. 288, 289). 


Cuando los niños recogían las flores silvestres que crecían tan abundantemente a su 
alrededor y se apiñaban para presentárselas como pequeñas ofrendas, las recibía ale- 
gremente, les sonreía y expresaba su gozo al ver tanta variedad de flores. 

Estos niños eran su herencia. Sabemos que vino para rescatarlos del enemigo median- 
te su muerte sobre la cruz del Calvario. Les habló palabras que guardaron en sus cora- 
zones. Se sintieron gozosos al pensar que apreciaba sus dones y les hablaba en forma 
tan amorosa. 

Cristo observaba a los niños en sus juegos, y a menudo expresaba su aprobación 
cuando obtenían una victoria inocente en alguna cosa que estaban decididos a hacer. 
Entonó cantos para esos niños utilizando palabras dulces y benditas. Ellos sabían que 
los amaba. Nunca les frunció el ceño. Compartió sus gozos y tristezas infantiles. A me- 
nudo recogía flores y después de señalarles su belleza, se las dejaba como regalo. Él 
había hecho las flores y se deleitaba en señalar su hermosura. 

Se ha dicho que Jesús nunca sonrió. Esto no es exacto. Un niño en su inocencia y pu- 
reza hacía brotar de sus labios un cántico de gozo (Alza tus ojos, p. 55). 

Los que aman a Dios debieran sentirse profundamente interesados por los niños y los 
jóvenes. A ellos, Dios puede revelarles su verdad y salvación. Jesús llama a los peque- 
ños que creen en él como los corderos de su rebaño. Siente un amor e interés especia- 
les por los niños. Jesús ha dicho: "Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; por- 
que de los tales es el reino de los cielos". Jesús pasó a través de las pruebas y triste- 


zas de la niñez y la juventud y desea que su Espíritu conduzca sus corazones hacia él 
y evite que Satanás los lleve lejos de él. La ofrenda más preciosa que los niños pueden 
entregar a Jesús es la frescura de su infancia. Cuando los niños buscan a Jesús con 
todo su corazón, lo encontrarán. 

En estos primero años de la vida, los afectos son mas ardientes y el corazón más sus- 
ceptible a mejorar. Todo lo que se escucha y se ve, los rostros que se contemplan, las 
palabras que se pronuncian, las acciones que se realizan, son como libros que los 
jóvenes leen, porque tienen una influencia poderosa sobre la mente, el corazón y el 
carácter. Por eso es tan importante que los niños acepten a Jesús temprano en sus vi- 
das y lleguen a ser los corderos del rebaño. Y es también importante que los miembros 
mayores de la iglesia, por precepto y por ejemplo, los lleven a Aquel que quita el peca- 
do del mundo y les brinda su divina gracia para salvarlos de la ruina. Cuanto más co- 
nozcan a Jesús, más amor tendrán por él y más desearán hacer las cosas que agradan 
a su vista. Dios envió a su Hijo unigénito como un niño, a fin de que la niñez pueda ser 
santificada {Review and Herald, 17 de diciembre, 1889). 


"Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro" (S. Juan 1 1 :5). El amor que Cristo 
sentía por estos amigos era tanto humano como divino. En su humanidad, Cristo mos- 
traba los más elevados sentimientos que un humano puede mostrar; pero también era 
el Salvador del mundo. No podía ser indiferente al sufrimiento de una familia que había 
sido tan hospitalaria con él, que había descansado en su hogar y había compartido sus 
alimentos mientras hablaban de las cosas celestiales (The Youth's Instructor, 30 de 
marzo, 1899). 

A menudo Jesús había encontrado el descanso que su naturaleza humana requería en 
la casa de Lázaro en Betania. Su primera visita había sido con sus discípulos después 
de una cansadora jornada a pie desde Jericó a Jerusalén. En ese tranquilo hogar fue- 
ron recibidos y servidos como huéspedes por Lázaro y sus hermanas, María y Marta. 
Aunque estaba fatigado, Jesús continuó instruyendo a sus discípulos acerca de las cali- 
ficaciones necesarias para entrar al reino de los cielos. Su presencia trajo paz al hogar 
de estos amigos. Marta estaba ansiosa por atender a sus huéspedes, mientras que 
María se sentía encantada de escuchar las palabras de Jesús a sus discípulos. Consi- 
derando que era una excelente oportunidad para saber más acerca de las doctrinas 
que Cristo enseñaba, entró quietamente en la habitación y se sentó a los pies de Jesús 
para beber de cerca cada palabra que salía de sus labios. 

Mientras tanto, Marta, enérgica y activa como siempre, estaba haciendo grandes prepa- 
raciones para atender a sus huéspedes. Al necesitar la ayuda de María, la buscó y la 
encontró sentada a los pies de Jesús, atenta a lo que él decía. Ansiosa y cansada por 
sus quehaceres, se molestó al ver que su hermana sólo se dedicaba a escuchar sus 
palabras. Sin pensar que era una descortesía interrumpir a su huésped, se quejó abier- 
tamente de la actitud de su hermana y apeló a Jesús para que toda la preparación de la 
comida no cayese solamente sobre ella. 


Jesús respondió a su queja con palabras suaves y calmadas: "Marta, Marta, afanada y 
turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogi- 
do la buena parte, la cual no le será quitada" (S. Lucas 10:42). Jesús le mostró a Marta 
lo que verdaderamente necesitaba: una ansiedad más profunda por aprender acerca de 
la vida inmortal y de las gracias necesarias para su desarrollo espiritual, y menos an- 
siedad más profunda por aprender acerca de la vida inmortal y de las gracias necesa- 
rias para su desarrollo espiritual, y menos ansiedad por las cosas terrenales que son 
pasajeras. Necesitaba más fervor por las cosas celestiales que afectan el bienestar 
eterno del alma. Es verdad que se deben realizar fielmente los deberes de la vida pre- 
sente; pero Jesús quería dejar en claro que lo más importante es no perder ninguna 
oportunidad de recibir el conocimiento que hace sabio para la salvación (Folleto: Re- 
demption: or the Miracles ofChrist, the Mighty One, pp. 99-101). 


Miércoles 28 de mayo 
Por sus enemigos 

Si representáramos el carácter de Cristo al obedecer este requerimiento [de amar a los 
enemigos], habría un cambio mayor en los obradores de maldad. Muchas almas se 
convencerían de su pecaminosidad y se convertirían por las impresiones hechas en 
ellos porque no nos ofendemos por las acciones impías de quienes están controlados 
por las agencias satánicas. Debemos obrar en forma decidida y con oración del lado 
del Señor. En todos los asuntos que provoquen al alma debemos resistir al mal y ne- 
garnos a abusar del malhechor. 

Representemos diariamente el gran amor de Cristo amando a nuestros enemigos como 
Cristo los amó. Si reveláramos de esa forma la gracia de Cristo, se quebrantarían fuer- 
tes sentimientos de odio y en muchos corazones surgiría el amor genuino. Se verían 
muchas más conversiones de las que ocurren ahora. Es cierto, nos costaría algo hacer- 
lo. Si los ministros que predican la Palabra y los que ocupan puestos prominentes en la 
obra médica misionera consideraran como su deber especial practicar las enseñanzas 
de la Palabra en su vida diaria, colocándose bajo la disciplina de los requerimientos de 
Cristo y trabajando bajo su autoridad, su conducta consecuente guiaría a muchos a li- 
berarse del servicio satánico y a ocupar su lugar bajo el estandarte teñido de sangre del 
Príncipe Emanuel (El ministerio médico, p. 336). 

La manifestación de odio nunca quebrantará la maldad de nuestros enemigos, pero el 
amor y la bondad pueden, en cambio, engendrar los mismos sentimientos en retorno. 
Aunque Dios siempre recompensa la virtud y castiga al culpable, no por eso retira sus 
bendiciones a los impíos que lo deshonran de continuo. Permite que la luz del sol y la 
lluvia se derramen sobre justos e injustos dándoles prosperidad terrenal a todos. Si un 
Dios santo muestra tal paciencia y benevolencia con los rebeldes e idólatras, cuánto 
más los seres humanos pecadores debieran manifestar tal espíritu hacia sus semejan- 
tes. En lugar de maldecir a los que los hieren, es su deber tratar de hacerlos volver de 
sus malos caminos mostrándoles una bondad similar a la que Cristo mostró cuando lo 
perseguían. Jesús enseñó a sus seguidores a mostrar cortesía cristiana a todos los que 
estén en su esfera de influencia, y no olvidarse de realizar actos de misericordia y be- 
nevolencia que debieran ser superiores a los del mundo. De esa manera, los hijos de 


Dios estarán representando el espíritu que existe en el cielo (Folleto: Redemption: or 
the Teachings ofChríst, the Anointed One, p. 76). 


El período más extraordinario para la nación judía fue el tiempo en que Jesús estuvo en 
medio de ellos. Sin embargo esa generación, que había sido favorecida por encima de 
todos los pueblos de la tierra, fue culpable de rechazar el anhelante amor de Cristo. 
Una angustia profunda e insondable llenaba el alma del Señor cuando, con intenso do- 
lor por su amor no correspondido, declaró: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los pro- 
fetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, 
como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa 
os es dejada desierta" (Lucas 13:34, 35). Habían sido indiferentes al mensaje de los 
siervos que Dios les había enviado; habían mostrado su odio contra Dios en la persona 
de sus mensajeros; ahora sus acciones se volverían en contra de ellos. Al negarse a 
ser reunidos debajo de sus alas, serían esparcidos y despreciados por todas las nacio- 


En esta lamentación de Cristo se derramaba su alma y se vertía el mismo corazón del 
Padre. Era la separación, la despedida misteriosa de la Deidad por un amor rechazado 
y abusado. La figura que Cristo usó es impactante: quería reunir a su pueblo elegido 
como la gallina junta a sus polluelos debajo de sus alas; quería darles protección; quer- 
ía ser su defensor. Cuando la gallina ve que su prole está en peligro, los llama para co- 
locarlos debajo de sus alas, y resistirá a cualquier enemigo que se aproxime. Estará 
dispuesta a morir antes que aquellos que buscaron su protección sean lastimados. Y 
eso es lo que Cristo todavía desea hacer con aquellos que lo buscan como su refugio. 
Los reunirá debajo de sus alas mediadoras y estarán a salvo (Review and Herald, 22 
de febrero, 1898). 

Hoy todavía la misericordia invita al pecador. "Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no 
quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impíos de su camino, y que viva. Vol- 
veos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis?" La voz que habla a los 
impenitentes es la voz de Aquel que exclamó, con el corazón lleno de angustia, cuando 
miró la ciudad objeto de su amor "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y 
apedreas as los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la 
gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es 
dejada desierta". En Jerusalén vio Jesús un símbolo del mundo que había rechazado y 
despreciado su gracia. ¡Lloraba, oh corazón endurecido, por ti! Aún mientras Jesús 
vertía lágrimas sobre el monte, Jerusalén habría podido arrepentirse y escapar a su 
condenación. Por corto tiempo el Don de los cielos siguió aguardando su aceptación. 
Así también, oh corazón, Cristo te habla aún con acentos de amor: "He aquí, yo estoy a 
la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y 
él conmigo". "He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación" (El 
discurso maestro de Jesucristo, p. 127). 

"He aquí, vuestra casa os es dejada desierta". ¡Qué angustia de espíritu sintió Jesús 
cuando todas sus advertencias, amonestaciones y reproches fueron resistidos y recha- 


zados! Había tratado de impresionar sus almas, pero el amor al yo, la suficiencia propia 
y el amor al mundo ahogaron la buena simiente sembrada. Su orgulloso corazón no les 
permitió humillarse ante Dios y confesar su pecado, resistieron al Espíritu Santo hasta 
que finalmente se retiró. Sobre el Monte de los Olivos, Jesús contempló la ciudad y 
lloró sobre ella, diciendo "¡Oh, si también tú conocieses, a los menos en este tu día, lo 
que es para tu paz! Mas cuando tus enemigos te rodearán con vallado, y te sitiaran, y 
por todas partes te estrecharán, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no 
dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación" (S. 
Lucas 19:42-44)... ¡Que el Señor no permita que esta experiencia se repita con el pro- 
feso pueblo de Dios de este tiempo! (Review and Herald, 23 de diciembre, 1890).